domingo, 29 de mayo de 2011

La auténtica historia de amor definitiva.

Recuerdo el día

en que te conocí.

Grité al verte,

te abracé,

y seguí cenando.

Yo iba vestida

con una falda de tul,

y tú

la rompiste.

Aún conservo

esa falda de tul,

aunque ya no quede tul,

y ahora

creo

que nunca

podré deshacerme de ella,

porque es la que llevaba el día

que nos conocimos.

Después

me mordiste la nariz,

y cuando desparecí,

llamaste a mi puerta.

Yo siempre te abría la puerta,

todas las veces que llamaste

a mi puerta

yo abrí.

Nunca supe

decirte

que no.

Recuerdo

el día en que tuve la sensación

de que había pasado algunos años

sin ser

completamente consciente

de que existías,

de que estabas ahí, a mí lado.

Quizás

es porque tardé años

en aprender

cómo te gustaba

que te acariciaran.

Puedo contar con los dedos de las manos

las veces que me besaste.

Tú no eras de esos,

de esos

que van besando a la gente

indiscriminadamente.

Tú preferías,

que te quisieran.

Y yo

te quería,

aunque no siempre me demostrases

que te alegrabas de verme

cuando llegaba a casa,

aunque tú pusieses las normas

y tuviese que cumplirlas

por tus cojones.

Yo te quería así,

te quiero,

tal como eras.

Podía haber pasado

la vida entera,

o gran parte de ella,

sólo mirándote,

oliéndote,

abrazándote,

besándote.

Yo sí te besaba,

en la cabeza,

en el abdomen y en la boca.

Tú,

a veces,

me girabas la cara,

pero no me importaba,

yo

seguía besándote.

Y hablaba contigo,

y tú

probablemente

no entendiste ni una puta sola vez

lo que te dije,

de hecho,

no me contestaste

jamás,

pero yo igual te hablaba.

Te hablaba

como hablan

los idiotas,

los que están enamorados.

Recuerdo cómo pasabas horas mirando por la ventana, y cómo me gustaba que lo hicieras. Recuerdo cómo te quejabas por todo, por el ladrido de las perras de la vecina, porque yo saliera de mi habitación e hiciera ruido al abrir la puerta, porque no te gustaba la comida, porque el cartero tocara al timbre, porque cuando paseábamos no fuéramos por el camino que tú querías, y recuerdo, que aunque a veces te gritaba y me jodía tu actitud, todo eso me encantaba, porque es lo que te hacía especial.

Y ahora parece que te mueres. Eso se rumorea, que te mueres. Que te vas a morir y me vas a dejar sola, y te mataría por ello. Y me siento culpable, culpable por saber que eres insustituible, pero que yo ya estoy pensando en que alguien tiene que ocupar tu lugar. Y miro por la calle, y busco, y veo potenciales candidatos, pero como tú, joder, como tú no hay dos, y no quiero que te mueras, quiero que estés siempre conmigo. Por favor, quédate conmigo, y nos tiraremos en la cama, y jugaremos, como hacíamos antes, y te dejaré que me muerdas y me arañes.

No me dejes sola, no lo hagas, porque si lo haces seguiré escuchando tus pasos por el pasillo aunque no estés, y la gente dirá que estoy loca. Y llegar a casa no tendrá ni puta gracia porque tú no estarás, y no podré volver a reírme del nombre tan horrible y ridículo que tienes, y tendré que seguir hablando de ti en pasado. Y cada vez que me ría, cada vez que me ría estaré llorando por dentro porque pensaré que alguna vez estuviste y ya no estás.


Joder, al final te has muerto, y ahora no estás conmigo, estás en un congelador, esperando a que te quemen, y jamás, jamás, volveré a verte, ni a olerte, y llegar a casa es tan horrible como imaginaba, porque ya no estás, y cenar es tan horrible como imaginaba, porque no estás, y respirar es tan jodidamente horrible como imaginaba, porque no estás, y porque sé que no volverás.

Te amo, Taffy, te amo más de lo que podía imaginar que te amaba. Ojalá exista el cielo de los perros y tú seas la jefa de la manada, porque no puedo imaginarte de otro modo que no sea con el universo a tus pies. Te amo, Taffy, te amo.

Dicen que Dios es la suma bondad, el sumo amor... y una mierda... esa eras tú.

domingo, 20 de marzo de 2011

4 millones de versiones y otras tantas razones.


Soy idiota. No, no, en serio, lo soy. Sé que algunos pensáis que soy más inteligente que la media, pero siento decepcionaros. Soy estúpida. Mi cabeza es estúpida. Mi cabeza piensa cosas que reconozco como no convenientes, y yo soy idiota porque, aunque soy consciente, permito que las piense. Podría impedirlo, sí, tengo esa facultad. Alguna vez lo he hecho, he pensado en cosas no convenientes y las he apartado de mi cabeza hasta que de repente, un día, ya no las he vuelto a pensar. Sin embargo, ahora, no sé... quizás porque es más divertido pensar que no hacerlo, o porque he llegado al mítico punto de "from lost to the river", puede que la cosas, los procesos cognitivos y tal, se me hayan ido de las manos.

La cuestión es que soy imbécil, y al tener ese concepto ahora mismo como un esclarecedor rayo de luz pienso en dos cosas:

1) Que el verso es más sentido que la prosa, aunque no quiero quitarle valor a esta última.
2) Que es muy probable que mañana coma por tercera vez consecutiva espaguetis.

No, en serio, pienso en una cosa:

Que si hay aspectos de mi vida en los que me siento tan completa, puedo intentar y conseguir entretenerme con cosas distintas al tema que nos ocupa. Y, de hecho, sí, joder, voy a hacerlo. ¿No os lo creéis? Vale, es posible que sólo sea una verdad a medias. Es posible que en principio sólo aparte el tema que nos ocupa de cara a la galería, y que en el fondo me esté carcomiendo hasta el tuétano, pero si ahora mismo, con resaca acumulada, y el estómago hecho mierda, soy capaz de tener esta iluminada percepción y, sobre todo, esta seguridad que no había tenido jamás antes sobre dicho asunto, joder, con el paso de los meses se habrá acabado la historia del todo.

Quiero decir, vale que estoy en paro y que no tener nada que hacer es fatal para dejar de pensar, y vale que el hecho de que esté ahora mismo hablando de esto es una señal clara y concisa de que realmente me importa. Pero es que... joder, si es que en realidad no me importa. Todo es una historia que me he montado en mi cabeza porque al parecer no tengo bastante con ser yo, o porque no soy yo si no tengo este tipo de historias en mi cabeza.

La cuestión es que soy mema rozando el ridículo, y la verdad, me da risa el asunto, pero no es para reírse. Bueno, sí es para reírse, pero es para reírse una misma o con un pequeñísimo círculo de personas súper selectas elegidas tras varios procesos llenos de obstáculos y razonamientos extremos que otorgan el poder y la gloria de ser amiga mía.

En fin, hay poco más que decir, se acabó.

Aquí dejo un temazo.


martes, 1 de febrero de 2011

Esto empieza a adquirir el cariz de una sesión de espiritismo.

No miro ni hago nada. Sólo estoy. Inerte. No me lo puedo creer. Y me río, porque no me lo puedo creer. Qué columpiazo. Me tiré por el tobogán antes de que dieran la señal, y gané, pero me dio vergüenza. Tú ya no te acuerdas de eso. Ahora escribo y no entendéis de lo que estoy hablando. Como cuando era joven. Un día, siendo joven, empecé a escribir para que se entendiera, y todo empezó a ser más bonito.

Un día, con catorce, quince o dieciséis años, empecé a escribir en una libreta, y años después la encontré. No quería leerla, me daba vergüenza, y la tengo encima del escritorio desde entonces, esperando a que llegara el día en que quisiera leerla. Pues bien, el día ha llegado, porque el día de volver a escribir, también ha llegado. Y no siento pena, sólo estoy flipando.

“Soy la onanista de espinas de rosas que sangran. La mano me marcan, la lengua me abrasan. Las llagas no se curan, se quedan grabadas. Voy a morder la espina, que ahora es roja. Voy a morderla para envenenarme, para no despertarme. Siempre seguiré callada.”

Yo escribía bazofia como esa. Bazofia que sería incapaz de leer de la mano de otra persona. Escribía mierdas trágicas sobre un chico de mi instituto del que estaba muy enamorada, pero mucho. De hecho estuve pensando mucho tiempo que nadie podría sustituirle, hasta que un día, alguien le sustituyó. Y de ese chico, del que estuve tanto tiempo enamorada, sólo me queda un recuerdo raro, y un profundo respeto, porque al fin y al cabo, es mejor que un buen chaval. Lo que quiero decir, es que ya no le quiero. Le quería muchísimo, le quería rozando la locura, estaba muy obsesionada con él, pero ahora, miro atrás, y no soy capaz de pensar algo sobre él que me encoja el estómago.

Soy bastante trágica. Mi vida es un drama. No sé si es porque realmente es un drama, o porque yo la hago un drama. La cuestión es que es un drama, un drama que da risa. Es una tragicomedia.

Hace una hora me he tomado un café. No debería haberlo hecho. La cafeína nunca me había hecho efecto. Podía beberme un red bull e irme a dormir. Nunca me hizo efecto, hasta que un día, al parecer, me empezó a hacer efecto. Un día de mi vida, no recuerdo cuándo fue, al parecer, las cosas empezaron a cambiar. Y lo que era, dejó de ser, y lo que no era, empezó a ser. Fue un cambio lento. No sé cómo no pude darme cuenta de que las cosas estaban cambiando. Quizás sí me di cuenta, pero no me importó. Ahora sí me importa. Pero en fin, siempre es tarde cuando se llora.

Hace muchas noches que me acuesto a dormir y pienso “ojalá ya fuera de día y no tuviera que dormir”. Lo pienso casi todas las noches, desde hace bastante tiempo. Eso es algo que no sabía nadie, ahora lo sabéis todos. No quiero acostarme, porque pienso, y prefiero no pensar. Pienso todo el día. Cuando veo películas o leo libros, después me cuesta mucho recordar el argumento, porque mientras las veo o leo, estoy pensando. No pienso en nada en concreto, pienso en todo en general, que es peor. Cuando piensas en algo en concreto, llega un momento en el que ya no puedes pensar más sobre el tema, porque o bien ya lo has pensado todo, o bien no se te ocurre nada más que pensar. Cuando piensas en muchas cosas, como yo, es horrible.

En mi casa hay un bote con cigarros. El otro día cogí un par, y vi que en el bote había uno que tenía el filtro defectuoso, y pensé “ese es el del cáncer”. Unos días después, cogí un par de cigarros a oscuras, y uno de ellos era el del filtro defectuoso. Pues bien, tengo ese cigarro desde hace tres días encima del escritorio, y no me lo fumo, “por si es el del cáncer”. Es ridículo. Yo no soy supersticiosa, aunque sí maniática, ni creo en el horóscopo por mucho que ahora haya salido un nuevo signo del zodíaco to’ guapo que se llama Ofiuco. Me encantaría ser Ofiuco. ¿Qué signo eres? Ofiuco. Es genial. El cigarro del cáncer me está mirando, creo que debería tirarlo.

Total, que bien. He dicho que soy maniática, pero la mayoría de vosotros, pobres mortales, no sabéis en realidad lo que es una manía. Yo me refiero a que soy maniática en el sentido en el que todos nos referimos a los maniáticos, pero la manía, queridos estúpidos, es una fase por la que pasa la gente bipolar. Os lo explico:

- Fases del trastorno bipolar:

1) Manía: el individuo tiene un pensamiento ideofugaz (le vienen mil ideas a la cabeza, piensa rapidísimo en muchas cosas distintas). Está exaltado a todas horas, como si se hubiera comido mil pastillas, a penas duerme, de hecho hay algunos que ni siquiera duermen. Tiene una autoestima muy alta, se ama. Tiene también mayor impulso sexual, y verborrea (habla como un descosido), entre otras cosas.

Digamos, que es como uno de esos días, en que os levantáis, os miráis al espejo, os moláis, y lo dais todo. Pero ahora extrapolarlo hasta el infinito y multiplicarlo por mil millones de veces. Creo que por mucho que lo intentéis no seríais capaces de imaginar realmente lo que es una fase de manía de un trastorno bipolar.

2) Depresión: Bueno, todos sabéis lo que es una depresión, la complejidad en el caso del trastorno bipolar viene dada porque, al salir de una fase de manía, el individuo tiene un alto nivel de tendencias suicidas.

El trastorno bipolar suele tratarse con litio.

Ahora que ya me las he dado de lista y he insultado a vuestra inteligencia, voy a pensar algo más sobre lo que poder escribir.

Los que hayáis leído hasta aquí tenéis bastante mérito, yo no me hubiera leído un texto tan largo con una letra tan pequeña. Aunque creo que hace tanto que dejé de escribir que esto ya no lo lee nadie. Así que puedo decir alegremente sin que nadie se ofenda SOIS TODOS UNOS HIJOS DE LA GRAN PUTA. Y veis? Como no lo lee nadie, no pasa nada.

A pesar de que esto ya no lo lee nadie, iba a escribir una cosa sobre mí, y no la he escrito por si acaso lo lee alguien. No sé si comerme una tabletita de diacepanes o qué. Ojalá fuera ya el día siguiente y no tuviera que dormir. Dormir debajo de la mesa fuera cómodo. Ojalá pudiera dormir en un iglú, o debajo de las sábanas sin que me rebotara la respiración. Quiero meterme en un sitio que tenga el techo bajo, para sentirme resguardada, como hacen los perros cuando tienen miedo. Ojalá estuviera a dos mil millones de jodidas millas de aquí.

Este fin de semana me lo voy a beber todo. Y cuando llegué a casa arrastrándome por el suelo lloraré por no tener ganas de llorar. Vomitaré en el ascensor, otra vez. SÍ, VECINOS, FUI YO QUIEN VOMITÓ EN EL ASCENSOR. Y al día siguiente será todo tan horrible. No veo el momento de que llegue.

Yo me apunté a kárate, fui a dos o tres clases, y no sé nada de kárate. También a dibujo y pintura (tres veces me apunté, en tres sitios distintos), pero no sé pintar, ni siquiera acabé un solo cuadro. A gimnasia rítmica. He sido fallera. He hecho teatro. También informática, pero de informática sólo sé desadmitir en el Messenger. A clases de guitarra (dos clases). A clases de física y matemáticas (dos clases, puede que tres). Me apunté de voluntaria en una ONG (sólo fui una vez). Un día aprendí francés, pero ya se me ha olvidado. Quedé con mis ex compañeros de trabajo, y no fui. Les dije a mis amigos que iría a verlos a Tenerife, y no he ido. Organicé un viaje a Moscú, y no creo que lo haga. El traumatólogo, cuando era pequeña, me dijo que para curarme los pies planos tenía que caminar por la arena de la playa, andar de puntillas por el pasillo, y coger rotuladores con los dedos de los pies. Obviamente, no lo hice, y sigo teniendo los pies planos. Hubo un tiempo en que pensé que era buena idea ponerme crema antiarrugas dos veces, una por la mañana, y otra por la noche, lo hice durante cuatro días. Decidí reducir mi consumo de tabaco, aguanté cinco días. A penas iba a catequesis. Ni a clase en bachillerato.

Recuerdo que con 13 años, a mis amigas y a mí nos pareció una buena idea apadrinar a un niño. Noelia no estaba de acuerdo, porque pensaba que nos iban a mandar al niño en una caja y que deberíamos tenerlo una semana cada una en su casa. Cuando le explicamos que no consistía en eso, también le pareció buena idea apadrinarlo. Ojalá no le hubiera parecido buena idea.

Llamamos a la ONG y apadrinamos una niña de unos 3 o 4 años. Creo que se llamaba Marlen. No recuerdo de donde era. Ni siquiera recuerdo si era africana o sudamericana. Por el nombre, supongo que sudamericana. Nos mandaron una foto y un dibujo suyo.

No sé qué pasó, quiero pensar que hubo un fallo de logística, pero sólo pagamos la cuota unos tres meses. Quiero pensar que hubo un fallo de logística, pero lo que probablemente pasó es que nos dio pereza juntar el dinero cada mes e ingresarlo en el banco. Quiero pensar que hubo un fallo de logística, y aunque recuerdo que al menos éramos cinco apadrinando, por dentro siempre he pensado que la responsable fui yo. Supongo que porque la idea era mía.

Tiempo después la ONG se puso en contacto con nosotras para pedirnos que devolviéramos la foto. No lo hicimos. Puede que aún tenga la foto de Marlen (si es que realmente se llamaba así) por ahí.

Iba a contaros otra historia de mi infancia, pero como tengo que hablar mal de la familia de compañeros del colegio, he preferido no hacerlo. Y vosotros diréis “pues si no lo vas a contar, para qué dices nada? Ahora nos dejas con la mierda en la boca”. Os jodéis, total, ya nadie lee esto. Y vosotros diréis “y si ya nadie lo lee, por qué no nos cuentas la historia?” Pues por si acaso.

No sé qué más contaros. Puedo cantar si queréis. Vasos rotos, ceniza, consumir, sofá polvo, nosequé moscas, otro día gris, no sé que pinto aquí… Nada, no me gusta la idea.

Quizás debería dejar de escribir, porque si sigo haciéndolo mañana no tendré nada que decir. Ojalá no tuviera que dormir y ya fuera mañana.