Cada nota de la escala musical se convierte en un paso más en el camino que lleva hacia el nudo en la garganta, hacia la agonía, hacia el agobio envolviendo las mejillas. La nostalgia y la melancolía vuelven a significar algo, a recuperar la intensidad con la que se vive el mundo a los dieciséis años.
Y en medio de todo ese exabrupto, de esa maraña de desquicios, consigues sentirte un poco mejor pensando que llegará el momento en el que no tendremos que echar nada de menos, en el que volveremos a ser nosotros mismos. Y al andar el aire nos dará en la cara, y despeinarse no tendrá la más mínima importancia, sólo querremos experimentar todos los movimientos posibles de nuestra cintura, y articular los brazos en gestos epilépticos.
Y también encontraremos absurdos ataques de valentía motivados por el rencor, a los que nos agarraremos como si fuesen la única posibilidad de seguir respirando. Rabia reconcentrada, que al mezclarla con alcohol será el perfume personal de cada uno.
Podemos ponernos modositos, reblandecernos y flaquear. Suplicar con disimulo, e intentar que no se note que estamos empezando a doblar las rodillas y que pronto acabaremos en el suelo. Tendremos miedo en algún momento, un miedo atroz e incalculable, uno de esos miedos que no somos capaces de comentar porque preferimos pensar que si no lo contamos por ahí, realmente no nos estará pasando. Nos dejaremos caer hacia atrás, cruzando los dedos para que nuestra espalda dé con un lecho de hierba más o menos seco y mullido, y se nos escapará una de esas grandes verdades que somos incapaces de guardar, pero que esperamos con franqueza que nadie recuerde tiempo después. Puede que al momento, en una enajenación mental transitoria, nos incorporemos de un salto y salgamos corriendo.
Seremos también cabezones y chulos, e iremos a por nuestro objetivo con la técnica del “sí o sí”. Pero hacer las cosas por las malas no generará, en principio, sentimiento de culpa, porque no habrá nada más importante que saciar esa necesidad vital subjetiva y, probablemente, ilógica.Nos entrará la paranoia, y nos volveremos positivos y lúdicos sin perder la dureza que otorgan las patadas en la boca del estómago que nos han ido curtiendo. Pero aún así, sobrevolaremos todo lo humano y lo divino, y juraremos reponernos. Y una vez allí, en el cielo, con las nubes como suelo, analizaremos toda la gama de colores y nos precipitaremos otra vez hacia el mundo terrenal al poner de nuevo la primera canción, dándonos una tremenda hostia contra algo sin sentido, ridículo, y antinatural, como podría serlo la cruz del Valle de los Caídos. Lo importante es no perder nunca la espectacularidad.
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3 comentarios:
Escribes muy bien,y en lo que escribes estoy de acuerdo contigo!al final seguimos en el mismo circulo...saludos desde mi humilde morada!;)
¿Ves cómo te leo?
Mira cómo te leo.
Me sigue gustando lo loca que estás y cómo lo escribes. Sigo leyendo cómo encuentras romántico la mayor asquerosidad del mundo.
Algún día te miraré a la cara y te diré: Tía, estás loca.
Sólo entonces me creerás...
[CARLOOOOOSSSSSS]
Si, alimentandonos de patadas en el estomago, la rutina se acaba aceptando... Pero yo sigo levantandome potando
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