miércoles, 5 de marzo de 2008

Bien, bien, bien, bien...

Nadie puede señalarme con el dedo por haber nacido así de idiota, quizás sí con la polla, pero no con el dedo. Nadie puede pedirme cuentas por no haber dejado de luchar contracorriente, de aquella forma absurda y contraproducente de hace unos meses. Ni siquiera existe una persona que tenga permitido preguntarme por qué hago lo que hago, y es que estoy ejerciendo mi pleno derecho a no querer creerme lo que debería haberme creído hace tiempo. Para no dejarme a mí decir las cosas, hay que ser tremendamente rápido tapándome la boca.



Todo lo que sube, baja.

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