viernes, 24 de agosto de 2007

Que descanses.

Escupiré en tu paladar una bala con mi boca
y cogiéndote por las fosas nasales le daré la vuelta a tu cabeza
reventada por disparos y saliva
mientras tu cerebro sigue palpitando.

Te haré pequeños cortes en las ingles
con el bisturí que regalaban en el micronova
y poquito a poco, metiendo mis dedos por las incisiones,
te iré desmembrando.

Voy a buscar ahora tu cuello
y a lamer justo donde se corta el pelo con la piel,
después, con mucho cuidado
dibujaré un corazón clavando agujas.

Te sacaré los ojos haciendo palanca con una cuchara,
y los miraré fijamente manteniéndolos en mis manos
mientras te pregunto con ternura si recuerdas el día que me mataste,
qué bien, ahora te toca a ti.

Aún no tengo claro qué haré con tus manos,
creo que después de cortártelas
las guardaré en mis bolsillos
para que cubran mis puños cuando llegue el invierno.

Con tus brazos me haré un cinturón
para imaginar que me abrazas por la espalda,
un cinturón que sólo durará dos días
antes de empezar a pudrirse.

El tórax he de abrírtelo en canal
para ser capaz de terminar
con el desquicio que me causan
las dudas acerca de si tienes corazón o no,

e independientemente de la respuesta
que ciertamente, poco importa ya
pintaré tus costillas con la sangre de mi regla
para ver si así entiendes lo jodido que es ser yo depués de haberte conocido.

Te enterraré donde se prevean próximos incendios,
que de ti no queden más que mis recuerdos,
y para acabar de cagarme en tu memoria
bailaré sobre tu tumba.

jueves, 23 de agosto de 2007

Que sube, que baja, que viene, que va. Qué va!

...mira que las musas no aceptan excusas...

No siento esa desesperación horrible por no saber qué hacer, supongo que porque realmente ya no hay nada en absoluto que pueda hacer. A veces reviento a llorar, sí, y se me arruga la cara, y me estiro del pelo, pero supongo que eso es normal. La ansiedad que me produce este caso concreto se asemeja más a una tristeza llana, quiero decir, me siento como la burbuja de un nivel.

Yo sólo quiero una respuesta, un vestido negro, o un disfraz de plañidera. Chocolate, ron e ibuprofeno, las cartas de amor que recibió Isolda en su momento. Una bañera con espuma, y unas gafas de aviador. Cinco chupa-chups de fresa, maquillaje color rosa, una película acurrucada en el sofá. Dos armas blancas, flores de estramonio y el rockanroll de la línea del frente. Deudas, natillas, billetes de tren y un amor imposible, porque el amor no se puede concebir de otra manera.

... y volver a volver a empezar a volver a empezar a volver a empezar...

domingo, 19 de agosto de 2007

Qué bien me lo paso.

Y no es suficiente con pillarme un pedo tremebundo, que consigue que mi carrera con la cerveza termine justo después de empezar, ni con dejar toda mi habitación apestando a vómito rancio, ni con manchar toda mi ropa de alcohol regurgitado. No, no es suficiente con levantarme con el peor dolor de cabeza experimentado en años, y con mi viaje a tumbos por la casa hasta el cuarto de baño. No es bastante con todo esto, además voy, y no se me ocurre otra cosa que soñar contigo. Y no sueño cualquier cosa, no sueño que nos cruzamos y te giro la cara, no sueño que te digo hola, tú me respondes el saludo, y no pasa nada más. No, tengo que soñar que me salvas de los brazos de un hombre malvado, y yo caigo en los tuyos, y te beso, y nos miramos, y entonces me despierto.


Menos mal que en realidad, ni tú eres Superman, ni yo una dama en apuros.

jueves, 16 de agosto de 2007

Bis

Y engáñame un poco al menos, di que me quieres, aún más, que durante todo este tiempo lo has pasado fatal. Que ninguna de esas idiotas te supieron hacer reir, y que la única que te importa es esta pobre infeliz.

O no, mejor no, mejor dime la verdad, que es más divertido. La culpa de todo la tiene esta estúpida necesidad de llevar las cosas hasta el extremo, la incapacidad de tirar para alante si no he tocado fondo primero. El rechazo absoluto hacia la angustia suave que proporciona el dejar las cosas a medio terminar, aunque las consecuencias sean menores. El preferir siempre estar en primera línea de fuego, impasible hasta que una bala atraviese mi entrecejo. No me van las flechas envenenadas que matan poco a poco. Lo que tenga que ser, que sea, pero que sea ya.

Ya sabes, camina o revienta.

martes, 14 de agosto de 2007

Un momento...

Yo nunca me dejé follar por la mediocridad.

domingo, 12 de agosto de 2007

Como dos desconocidos.

A veces, bueno... casi siempre por no decir siempre, siento que la gente deja de pensar en mí realmente cuando yo dejo de pensar en ella, pero en esos lapsos de tiempo y silencios que buscan olvido y distancia, las medias naranjas, otras mitades, formas de nubes celestes que dibujan mi cara en la mente de lo ajeno, todo al fin y al cabo, todo lo que me incluya, puede estar difuminándose o, incluso, haberse borrado para siempre.
De todos modos, sabes? es absurdo que me olvides, porque hasta que no sea yo quien deje de contemplar la idea de que quizás sigues pensando en mí, no vas a salir de mi cabeza.

Hay una distancia enorme entre la amistad y la infinita complicidad, (ahí tienes más razón que un santo, aunque te equivoques en todo lo demás). No es lo mismo reventar a reír cuando jugamos a mirarnos fijamente a los ojos, que mirarnos de reojo y esbozar una sonrisa. De verdad no quieres saludarme? No te interesa saber si tengo la enfermedad del beso y estoy en cuarentena? Yo, ayer, no me acordé de ti. Hoy sí, vale, de acuerdo, pero ayer no ¡¡¡VICTORIA!!! jaja... mátame, va. A todo esto... cómo te llamabas?



Ella le pidió que la llevara al fin de mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.

Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cueva del olvido,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.

Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final...

Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad.
Porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no escucharon el final.

Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se borraron las pisadas,
se apagaron los latidos,
y con tanto ruidono se oyó el ruido del mar.

Mucho, mucho ruido,
ruido de tijeras,
ruido de escaleras
que se acaban por bajar.

Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final
la soledad.

Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.

Tanto, tanto ruido.
Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.

Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.

Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.

Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.

Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
descastado ruido.

Ruido de conjuros,
ruido malnacido,
ruido tan oscuro
puro y duro ruido.

Ruido qué me has hecho,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido a qué has venido.

Ruido como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.

Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido.

viernes, 10 de agosto de 2007

Y para beber, mantequilla.

Este "adiós" no maquilla un "hasta luego",
este "nunca" no esconde un "ojalá",
esta cenizas no juegan con fuego,
este ciego no mira para atrás.

Este notario firma lo que escribo,
esta letra no la protestaré,
ahórrate el acuse de recibo,
estás vísperas son las de después.

A este ruido, tan huérfano de padre,
no voy a permitirle que taladre un corazón podrido de latir.
Este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca,
estos ojos no lloran más por ti.

Joaquín Sabina.

Cuando puse un pie en el puente de la Ría, supe que irme de Bilbao iba a ser una de las cosas más difíciles que haría en mi vida. Casas bajas de formas bucólicas, rodeadas de montañas que no me sobran, era como tener 20 años menos, o 30 quizás. Y en medio de ese descontrol de calles inconnexas que fuimos incapaces de descifrar, un pegote sin sentido como lo es el Gu... Guguenhein? y que a pesar de todo encierra un mundo de paredes oxidadas que no te dejan indiferente.

No sé, me sentía melancólicamente feliz, sabes? Y además llovía, llovía en un agosto otoñal que daba ganas de morir de triste plenitud. Todo tenía un sabor agridulce, y yo no podía hacer más que imaginarme paseando con mi abrigo en pleno mes de noviembre, cagada de frío y asqueada de soledad y, joder, me sentía tan bien... me sentía tan... yo sólo quería comprar una corona de flores para mi funeral.

"Dónde puedo pillar un cubalitro?" "el qué?" "un vaso grande de bebida" "ah, joder, hostia, un katxi, joder, sí", y no ser capaz de explicar que lo que quería era un quinto, o en qué consiste la magia del bombón del tiempo. Que me dijeran "ongi etorri" con una sonrisa de oreja oreja, y aquel bilbaíno de ojillos de niño me besase en la mano y se levantase a darme un abrazo... no sé, yo le quería, sabes? yo quería a todo el mundo y la gente era tan... era gente, gente de verdad. Cuando vi pasar al primer abuelo con txapela tuve tantas ganas de llorar... o con aquel hombre de la pensión. Vi tantos ojos azules, cabezas tan grandes, caras de "tienes toda la cara de vasco".

El hecho, quizás, de que 4 km vascos sean 14 km valencianos, dificulta la movilidad por el espacio y el tiempo, pero aún así, todo es tan perfecto que asusta. Y me sentí viva, viva como hacía tiempo que no me sentía. Viva por ser yo. Viva, no porque alguien me hiciera sentir viva, sino por mí, sin más circunstancias que un lugar geográfico. Llena, sin más. Teresa.

Y aunque compartí el viaje con dos desconocidos, y el Migue de toda la vida, con gustos que distan mucho de los míos. Aunque ayer reventé por la angustia de haber recorrido seiscientos kilómetros para nadar en la playa de la Kontxa, a pesar de todos los "pa' qué?" que me asaltaron durante la semana, sin olvidar que a penas conservo recuerdos de nada, tengo el sabor amargo en la boca que sólo te viene cuando llega la tristeza. Y eso, supongo, es bueno.

jueves, 2 de agosto de 2007

Bisutería.

Yo no quiero volverme tan loca como para verte reflejado en el cristal de mi balcón cuando vuelva esta noche del cine. Y sentarme entre las macetas a fumar tabaco compulsivamente mientras recuerdo una frase que un argentino le dijo a Arguiñano, y escribo un libro sobre una niñata que habla con el humo. Yo no quiero volverme tan loca como para pensar que aquellos abrazos que tanto había esperado no se parecían en nada a lo que imaginé, y que si salió mal el sentimiento fue porque no era momento adecuado, pero que si se vuelve a repetir, me sentiré tan femenina que no podré evitar lamer tu clavícula en agradecimiento.

Yo, no sé, yo no quiero volverme tan loca como para pensar que te encantaría verme salir de la ducha envuelta en una toalla, caminando descalza por el pasillo, dejando huellas de humedad en el suelo para que sigas mi rastro hasta la cama. No hace falta que follemos, podemos dedicarnos a decirnos tonterias, o a dormir, sin más. Y, bueno, ya sabes, a veces me miro la espalda en el espejo y no puedo evitar pensar "hostia, joder, qué putada, ya soy una mujer", y tengo miedo porque ya no me miras los hombros por más que te los enseñe. Pero yo no quiero volverme tan loca y ya te dije que no sabía lo que iba a pasar, y ahora que lo tengo claro, preferiría que todo cambiase y volver a vivir en la ignorancia. O... bueno, no sé, no lo sé, me contrarias y a veces siento tanto asco que sólo de pensarte se me inflaman las venas de los ojos y esputo mercromina, pero son las menos.

Sé que nunca te quedarías en manga corta en diciembre para prestarme tu chaqueta, y que no cogerías el metro a las seis de la mañana para acompañarme a la puerta de mi casa, pero esos ojitos de niño que calzas... no sé, a veces te lo perdonaría todo. A veces, pero yo no quiero volverme tan loca, yo sólo quiero volverme loca de verdad, y ponerme a gritarte que DESPERTAAAAAAAAAAAAAR JUNTO A TIIIIIIIIIIIIII ES BESAR UN RONCO INVIERNOOOOOO, DESPERTARRRRRRRRR JUNTO A TIIIIIIIIIII, VER A LA LUNA MURIENDOOOOOOOOOO. Y más que gritartelo, lo que quiero es que sea verdad.


Faltan francotiradores en este país, no me canso de decirlo.




*Para Aixa y MJ, porque molamos, sin más.

Número siete.

Yo no sé escribir como Tayler,
ni siquiera aspiro a intentar llegar al desgaste de las suelas de sus botas,
pero también siento a corazón a abierto,
y a corazón abierto hoy intento dejar de lado
humillaciones, rencores y rencillas
para expresar únicamente
lo bueno que quede
de la nostalgia de
lo que pudo pasar
y
nunca
pasó.
Porque aunque sea imposible cerrar los ojos
y adivinar a ciencia cierta,
bien podemos imaginar con la claridad con la que imagina el paranoico que dibuja en su cabeza la silueta de un monstruo tras las cortinas.
Y siendo así, sólo queda decir que esta noche quizás, no hubiese sido como las demás,
que no necesito besarte para sentarme encima de ti, que no es necesario mirarte con rabia para que me digas que sí, pero sí más divertido.
Puede que cada sábado me enamore de algún que otro fulano
que te supere en todos los aspectos.
Y... no sé,
no eres sirio, ni tocas la guitarra, no haces lo que te pido y necesito que me grites
porque si no lo haces, no podré dejar de pensar que quizás algún día te hubiese querido.
Porque
si no lo haces
no podré dejar de pensar.
O puede que me vuelva corrosiva y desajuste el panal de alfileres que has ido clavando en mi costurero, para dibujar otras letras que no tengan nada que ver con nada en absoluto. Y comeré yogures caducados.
Sí,
comeré
yogures ca-
ducados. Como aquella tarde en la que no me importó que fumases de menos aún siendo un atrevimiento por tu parte el hacerlo de más. Mi cosecha y la tuya eran la misma.
Yo no te lo dije, sabes?
Nunca te lo dije, pero mis amigos te conocían como el novio con el que iba al dentista. Aquel por el que me pondría una minifalda y gritaría canciones absurdas sólo para que se echase unas risas, a quien iba a besar por mucho sudor que le recorriese la boca.
Yo no te lo dije, sabes?
Por aquel entonces sabía todo el mundo menos tú que estaba buscando las llaves para abrirte la puerta. Por aquel entonces, bueno...
yo pensé que siempre me querrías como amiga.
Supongo, por hacer algo,
supongo, que no podemos caminar hacia atrás y vivir uno de esos días
en los que yo no era más que una estudiante en prácticas
y tú un desconocido con delirios de grandeza
que aspiraba,
en todos los sentidos posibles que le encuentres a esa palabra,
a respirarme en la nuca.
Ya no podemos jugar a que me dejas ganar,
ni discutir sólo para tener una excusa para tocarnos, porque ya no puedo mirarte de reojo sin que te des cuenta y pensar que lo único que quiero en el mundo es besarte los párpados.
Realmente
si esto se me hace tan difícil
es
porque llegar a casa y no encontrarte esperándome es una putada a la que no me acostumbro.
Si supiéramos contar con el factor sopresa sería justo,
tan justo cómo cruel,
decirte que tu mejor amigo no me cae del todo mal.
Pero tengo que dejar de mecerme en el sillón de tu terraza,
y abrir los ojos a una nueva realidad que difumine
sin dejar a penas rastro
la obnubilación.
Y así se acaba todo, como empezó,
a corazón abierto,
intentando decir de la forma menos agresiva posible
que a mi corazón abierto le duele en la sangre pensar
que no has sido más que otro sapo para ir haciendo tiempo.