viernes, 21 de diciembre de 2007

Nuevos peinados raros.

Salgo a la calle envuelta en la bufanda azul que me regaló Javi cuando cumplí los 20. Siempre me ha gustado esa bufanda, y siempre me ha gustado Javi (en un sentido asexual, of course), así que supongo que por eso le tengo especial cariño a esa prenda.
Hace frío, mucho frío, de hecho creo que estoy en Siberia ahora mismo. Siento como poco a poco se me escarchan las mejillas y dos niños aprovechan para pedirme un cigarro. "¿Cuántos años teneis?", pregunto, "Dieciocho", responden. Oh, sí claro... si ya han cumplido los quince es algo que no me queda del todo claro. Les doy el preciado tesoro y añado "Pues ya teneis edad para comprar, no pidais tanto". Lo hago sólo por joder, se lo iba a dar de todos modos, pero nunca desperdicio una oportunidad de dar por el culo.

En el mp3 suena "Invierno del 92", del Cuarteto de Nos. Es una de mis nuevas canciones fetiche, sobre todo el trozo que reza:

...Ah, rubia, ¿te hizo mal la lluvia? ¿o tenés la mente turbia? (...) No te acompaño el sentimiento, vas a morir de un ataque de pensamiento. Y le grité a la cara congelada: OTRA RUBIA TARADA!!!!!...

Llego a la parada de metro y allí está el chico del almacén de la tienda de ropa de cama de la calle peatonal de mi pueblo. Es un hippy retirado, algo mayor pero igualmente bello. Se me queda mirando, y yo con estos pelos... Me da la risa y aparto la cara.
Me fumo el cigarro de rigor mientras espero que el fantástico transporte público pase a recogerme, y empieza a chispear. Espero con fervor que no se coja, sería tremenda putada. Aunque hay cosas peores... no sé, que erupcione el Teide y por un capricho de la naturaleza nos lleguen las cenizas incandescentes, o que haga aire. El aire es peor que la lluvia.

Pasa el metro y el chico del almacén y yo nos sentamos uno enfrente del otro. Nos miramos por el reflejo de la ventana, pero me acaba aburriendo la tontería adolescente y me encierro en la música: ...ya tuve que ir obligado a misa, ya toqué en el piano "Para Elisa", ya aprendí a falsear mi sonrisa, ya caminé por la cornisa. Ya cambié de lugar mi cama, ya hice comedia, ya hice drama. Fui concreto y me fui por las ramas, ya me hice el bueno y tuve mala fama... El Cuarteto es genial, en serio.

Salgo de la boca del metro y descubro que he sido la primera en llegar. Mientras espero a que lleguen los demás una pareja se besa, se abraza y se quiere apoyada en la puerta de mi antiguo instituto. Espero que ella le sea infiel y le contagie una gonorrea, y que él como venganza se lie con la prima de ella y que todo sea un drama. Qué bonito es el amor... no os durará.

Pasa por allí un chico de mi clase que vive en el barrio. "¿Qué haces aquí?", pregunta. "Esperar", respondo. Y la conversación se acaba ahí. Hay que ver lo que da de sí el chaval.

Cuando llegan los demás por fin nos vamos a cenar. Al chino, por supuesto. Hay cosas que, por suerte o por desgracia, nunca cambian. Me voy metiendo con todos uno por uno. Es divertido. Con un poco de suerte les encabronaré y se pondrán todos contra mí.
Arroz, rollito, ternera con bambú y la tradicional guerra de guisantes lanzados con la chapa de la lata de coca-cola a modo de catapulta. Recuerdo cuando alguien me dijo "¿pero por qué te rayas? en el arroz tres delicias tú eres la tortilla y él es el guisante". Me parto el culo para mis adentros y a ratos siento que es verdad.

Cambiamos de lugar para tomar café levantando el dedo meñique mientras cogemos el vaso. Cuanto mi último combate verbal con una chica de mi universidad. Una apasionante discusión sobre si los calamares y las bravas tienen clase o no. Los colegas se parten y yo, que ya era consciente de lo absurdo de la pelea, me río con ellos. "Es que te enganchas enseguida, tía". Ya lo sé, ya. Furia eterna Llorens.

Vamos al pub y yo tengo toda la ilusión de ponerme como las cabras. Aparecen los tres de Torrente y me alegro de verlos menos de lo normal. Pero aún así, bienvenidos, aunque el rubio ya no me parece tan guapo como antaño.

Veo en otra mesa a los tres de Sagunto. Voy a hablar con ellos un rato. Le sugiero al heavy que se corte el pelo y se busque un trabajo, y con el estudiante de filosofía tengo una larga conversación acerca de las tribus urbanas. Él concluye diciéndome "eres pura, tía. Eres muy pura." Yo no entiendo bien lo qué quiere decir con eso, pero parece ser un comentario agradable y vuelvo a mi mesa.

De camino encuentro en el suelo un rollo de celo. Ya está la fiesta hecha. Empiezo a dar por culo todo lo que se me ocurre y un poco más. Cojo el vaso de Vicen y lo envuelvo de arriba abajo en celo con todas las ansias de una hija de puta de pro. Él no pone resistencia, sólo me mira y se ríe. Es la mejor persona, pobre. Me encanta cuando me llama sólo para ver si estoy bien.

Al rato me doy cuenta de que en la mesa de al lado está el argentino que me embaucó para que me liara con él. Se me queda mirando y giro la cara. Al día siguiente descubrí que tenía novia. No quiero saber más nada. Argentinos no. Cuando noto que no me mira, le vuelvo mirar. Está bastante más bueno de lo que creía recordar, pero aún así, no.

Empiezo una apasionante discusión sobre si comerse un huevo es lo mismo que comerse un feto. Yo defiendo con fervor esa postura. Un huevo es un pollo a medio formar, o sea, un feto, ¿estamos locos o qué? El nivel de alcohol en sangre se hace patente. Y Paz, en un asombroso y necesario acto reflejo, dice "luego si llueve, espero que no te dé vergüenza el paraguas que llevo". Lo saca y es... increible. En serio... qué paraguas... un estampado de flores digno de la mejor bata de abuela. Me pregunto en qué estaría pensando el fabricante.

Lo abro emocionadísima, y allí nos quedamos todos dentro del pub y debajo del paraguas. "Pero observadlo, en serio, observadlo!!!". Estoy que no quepo en mí de gozo. Estar debajo de ese paraguas es como una experiencia trifásica, o simplemente como haberse comido un tripi.

Nos chapan el pub y tiramos para casa. "Vas a volcar?" Me preguntan... es posible. Así que yo me subo delante y más o menos llevo bien el viaje en coche. Mientras abro la puerta de casa los demás me miran desde el coche y hacen gestos que no entiendo pero que me hacen mucha gracia.

Subo en el ascensor con una sensación terriblemente agradable, y al llegar a la cama me doy cuenta de qué no he pensado en ti en todo el día. ¡VICTORIA! Bueno, vale, ahora me acabo de acordar de ti, pero durante el resto del día, no. ¡Yuju!

1 comentario:

Anónimo dijo...

A mi tambien me encanta "invierno del 92" . Ya está el clip en Youtube y me gustó!!
Saludos!!