viernes, 9 de noviembre de 2007

Suiza ' 07 (Anecdotarium gráfico I)

Procedo a ilustraros mágicamente el viajecito que sin comerlo ni beberlo, y por razones aún desconocidas, nos hemos pegado a ese gran país con olor a mantequilla frita: Suiza. (La hostia que peste echaba, os lo juro, que mal que huele). (Tengo pa' seis o siete días poniendo fotos).






Comienza la odisea: Nos encontramos en los cuartos de baño de del aeropuerto de Manises, donde tuve que fumar a escondidas y me empudegué absoluta y totalmente. Nuestro primer destino es Basilea, una ciudad del cantón alemán suizo. Hacemos cola durante siglos para poder entrar de las primeras al avión y pillar un buen sitio entre el morro y el ala, para facilitar este fin, ideamos una contraseña consistente en hacer una mueca levantando el labio rollo "me da asco" y moviendo un brazo del palo "el pollo con una pata". Es decir, entre el morro y el ala, está claro, no?


Por fin llegamos a Basilea. A mí se me hizo eterno. A nuestro lado se sentó un mozo francés que se partía el culo de todo lo que decía, y realmente me esperaba pasar muchísimo más terror volando del que pasé. El avión de Ryan Air parecía de juguete, y los azafatos nos intentaron vender de todo, desde cremas hasta tarjetas para llamar por teléfono. Una vez aterrizadas, nuestra idea era coger un tren hasta Berna, la capital del país, y allá que nos fuimos. Al bajar del tren, tuvimos que buscar el albergue, y a ello nos pusimos, con tal ojo clínico que para que nos indicara el camino le preguntamos a la única camboyana del país. Increíble, en serio, nos hizo seguirla por toda la ciudad, yo comenzaba a sospechar que era una red de trata de blancas o algo. Soledad y yo teníamos una contraposición de sentimientos importante, entre que se nos escapaba la risa y una que otra lagrimilla. No se le entendía una puta mierda a la pobre china, así que nos comunicábamos con onomatopeyas. El show era pa' grabarlo lo menos.


Estos son Andrey y James, nuestros compañeros de habitación del albergue. Bueno, dos de ellos, porque aquello parecía una casa putas, to'l día entrando y saliendo gente. El primero me habala con su acento australiano, y yo no me enteraba ni del nodo, así que acabé diciéndole a todo que sí, que era mucho más fácil y rápido que pedir que me repitiera las cosas. El segundo era un inglesito geógrafo que luego se piraba a Milán, tendrá titos el cerdo. Yo al Andrey le odiaba bastante, no sé por qué, pero quería verle muerto (bueno, igual no tanto, pero me caía mazo de mal).






Así que los cuatro cogidos de la mano nos fuimos a un pub llamado "El Presidente", lugar que en los días sucesivos acabaría convirtiéndose en un foco de situaciones surrealistas cuanto menos. Hicieron unos chavalitos un concierto de rock con versiones de los Beatles y cosas de esas. Mirad al Andrey qué retrasado el pobre.






Pues nada, ahí seguíamos en el pub, los de arriba son los hombres cucaracha, que varga la fiesta que llevaban. Estuvimos ahí hablando y bailando con ellos, el Andrey y el James flipaban toda su vida los pobres. El que sale conmigo es el cantante del grupo, el más festero del lugar, de hecho soy su fan número uno. No te rías tanto, mante.






Luego conocimos a estos militares, ya nos veis, las reinas del mambo, que nos llevaron a esta discoteca donde todo el mundo bailaba de una forma extraña y las chicas vestían como las gitanas de hoy en día. Y na', jugamos al futbolín (tipical Spain), que por cierto, nos metieron una paliza, pero el gafris cada vez que hacía algo bien me decía "GOOOOOOOOD!", qué experto. Y nos invitaron a beber algo que se llamaba Pessoa o algo así, y que tenía un sabor como el que debe tener lamer un culo de mono recién cagao, pero a nosotras ya es que nos daba lo mismo que fuera caca de burro pasada por la licuadora, si llevaba alcohol, iba pa' dentro. Los años pasaron y el australiano, el inglés, la finlandesa... digo... Soledad, y yo, nos fuimos a dormir. Lo que el australiano no sospechaba es que cuando llegara a la habitación otro inquilino habría usurpado su cama, muajajajajajaja.





Al día siguiente, nos apresuramos a salir raudas y veloces del albergue para que James y el jodido Andrey no quisieran venirse con nosotras. Con esta foto desayunando (por cierto, cada vez que entrábamos en un bar, cafetería, restaurante, y similares del gremio de la hostelería, no os imaginais la que liábamos. En Suiza las cosas funcionan de un modo extraño) comienza lo que a partir de ahora llamaremos "EL DÍA MALDITO", una sucesión de segundos, minutos, y más de 24 horas que nos dejarían absolutamente reventadas y deshechas, tanto física como psicologicamente, para el resto del viaje. Después de ese día no volvimos a ser las mismas, pero eso lo veremos en próximas entregas de Suiza ' 07 (Anecdotarium gráfico).


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