Partiendo la humedad de las lenguas hinchadas al roce con el asflato los ojos se ponen en blanco y la hierba deja de crecer. Los ascensores se detienen a tu paso, y que me corten las manos si alguna vez quise dejarte de ver.
Y de oler tu sudor a kilómetros agrios, de tanto desandar los caminos andados empieza a sangrarme la planta del pie. Se me ulceraron los ojos de tanto llorarte ríos de miel que se pega a mi piel el azúcar amargo, y no salgo si pienzo en una alianza y ya tardan las ansias en venir a llamarme a la puerta, en tocar el claxon para que me asome al balcón y tú me cantes las penas desde que yo ya no estoy.
Si no, nos batimos en duelo y con la espada en la mano apúntame al corazón, levanta mi pecho en escamas, con salfumán ve pintándome llagas de agua, o ríos de alcohol. Caliéntame a hostias, mi amor, o ve cogiendo carrera que aquí va a ganar el mejor.
Me siento una vulgar Magdalena si ya tropiezo con virus y no llego a caer sobre las líneas sucias del suelo, que me manchan de zebra para que no puedas reconocerme entre tanta Virgen María estupenda. Si sólo soy un cromo repetido, o un reloj suizo made in Taiwan, voy haciéndome un nuevo sendero por si el viento se lleva las migas de pan para poder regresar.
O me quemo a lo Bonzo en una fábrica de aguarrás, o navego en turbulencias de nubes engastadas en el torpe afán de recuperar un sinsentido, y salgo a la noche en plan comando por si me quieren buscar otras manos.
Si ya no oyes ni el silencio, ni el agua correr, ni el parpadeo de un águila. Si no queda más que la calma ondulante que intranquiliza al payaso sentado en su trapecio, es porque quizás, y sólo quizás, ya se han acabado las balas de este tiroteo.
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1 comentario:
vaya tela...
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