Te juro que cuando llegué a casa creí que se acababa el mundo. Que estaba llegando mi apocalipsis personal, y yo con estos pelos. Y me senté en la cama a oscuras y lloré, lloré como hacía tiempo que no lloraba, lloré tanto que se me acabaron las lágrimas, y entonces empecé a sollozar hasta que me quedé sin sollozos, y me dediqué a sumicar, bajito, furtivamente, para que no me oyera nadie. Y dejé las sábanas mojadas de lágrimas y saliva, porque me recorría tal agonía que era incapaz de cerrar la boca. Y el rimmel me resbalaba por las mejillas, me asemejaba a una niña huérfana muriendo de pena en un callejón, sólo que probablemente yo huelo mejor.
Luego apoyé la cabeza en la almohada y me dormí, no recuerdo ninguna noche de mi vida en la que me haya dormido tan rápido. Dormir es para los débiles, y yo era tan frágil entonces...
A veces pienso que ni siquiera Dios, que se dedica a eso, sería capaz de perdonarte.
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