Hoy he pasado mucho tiempo mirando por la ventanilla del coche, justo ahí, percibiendo lo que pasa al otro lado del conductor, y mientras lo hacía quizás pensaba en para qué quieres tanto piso con muebles de importación y edredones rellenos de pluma de faisán de las montañas de Sri-lanka, tanto caviar dentro de tu nevera, de cuya puerta cuelga un calendario con la cara del Che. Que no entiendo para qué coño te sirve tanto cuarto de baño forrado de Porcelanosa en tu chalet adosado, ni en qué aspecto te resuelve la vida tener un móvil 3G. Se me plantea la duda de si no le acabarás quitando la pintura al coche que te regaló tu papá de tanto lavarlo, y de si no se te caerán las orejas de tanta mierda de música que corre por tu mp3.
Intento entender por qué si cuidas tanto las apariencias, te importan tan poco los pequeños detalles, por qué te empeñas en ser el correcto funambulista en lugar de balancear de vez en cuando la cuerda en la que te sostienes, en si realmente no te renta más el tener menos e intentar dejar de estar vacío y hueco como estás.
Entonces por mi oreja izquierda ha entrado un sonido, una voz que me ha dicho "dale, negrita, en qué andás?" y he pensado en que no sabía por qué estaba pensando en todo lo anterior.
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