Eran las seis y media de la tarde cuando ella llegó al parque.
El reloj de la plaza sonó una única vez. Se hizo un hueco en el banco donde estábamos sentados, y no besó a nadie en la mejilla, ni si quiera dijo "hola", no nos saludó, nunca lo hacía.
Irrumpió en la conversación aportando mil puntos de vista e ideas neoprogresistas con un toque nazi motivadas por su tendencia a contemplar siempre todas las opciones posibles, y por ese gen recesivo de agresividad y violencia macabra que intentaba camuflar, pero que se le adivinaba tras haber cruzado dos palabras con ella.
- No puedes tejer un saco y meter a toda esa gente dentro.
- Te estoy hablando por pura experiencia, puedo tejer un saco, meter a toda esa gente dentro, y después rociarlo con gasolina y prenferle fuego.
- Quizás sólo has tenido mala suerte. ¿Crees que Mario haría lo mismo conmigo?
- Dale tiempo y me lo cuentas.
- Pero vamos a ver... ¿y tu padre?
- Otro que tal baila. Por cierto, estoy criando a una mosca epiléptica.
A veces hacía ese tipo de cosas. Supongo que su cerebro viajaba a demasiada velocidad y que su lengua no daba a basto para articular las palabras de todo lo que nos quería contar, así que entremezclaba las conversaciones. Eso era algo que me gustaba especialmente, la facilidad que tenía para cambiar de tema le conviniese o no. Era algo que hacía sin querer, sin darse cuenta, por eso se transformaba en algo aún más especial. No estoy seguro, pero a veces pensaba que estaba a dos segundos de enamorarme de ella.
- Quiero pipas.
- Ya salió la niña de los antojos.
- No es un antojo, es una necesidad vital.
- ¿Si no comes pipas ahora mismo te morirás?
- Por dentro, al menos.
- ¿Y si no las conseguimos?
- Pues correis el riesgo de perderme y de pasar el resto de vuestras vidas en un estado permanente de histeria y culpabilidad que os llevará a llorar a todas horas y a estiraros del pelo mientras gritais "POR QUÉ?!!?!? POR QUÉ NO LE DIMOS PIPAS CUANDO NOS LAS PIDIÓ?!?! POR QUÉ?!?!!? POR QUÉ NO ME LLEVASTE A MÍ, SEÑOR?!?!?!"
Así, del tirón, sin anestesia, y escenificando. No sabía hacer las cosas de otra manera. Era mordaz, y a veces llevaba las cosas tan al extremo y cambiaba tanto de actitud que llegué a pensar que padecía algún tipo de transtorno bipolar. Aborrecía las cosas normales, pero intentaba aprender de ellas. Intentaba aprender de todo.
Por contra, adoraba las sandeces con la fuerza del más ferviente devoto de la Virgen de la Cabeza. No le gustaba que entrásemos en su casa, así que nunca pude ver su habitación, pero imagino que debía ser una especie de museo de la extravagancia.
- ¿Vamos a ir el sábado al concierto?
- ¿Quién toca?
- No lo sé, entre mugre y chusta anda la cosa.
- No sé, ¿Tú quieres ir?
- Pues hay un par de salvedades que me hacen pensar que no, pero haciendo balance y tal, quiero ponerme pedo y bailar, así que supongo que sí.
- Pues entonces no vamos a ir.
- Calla, rufián.
- Nadaaaaaa, no vamos a ir. No vamos a salir el sábado.
- ¿Pero qué dices?
- No vamos a ir.
- Que sí.
- No.
- Que sí, y punto, y te callas.
- Vale, sí que vamos a ir, pero no te vamos a avisar.
- Pues te aburrirás sin mí, y encima lloverá, y morirás fulminado por un rayo.
- Ya, pero tú te quedarás el sábado en casa.
- Pero seguiré con vida.
- Pero yo tendré la muerte más feliz porque sabré que tú estás jodida.
- Cerdo leproso... dame un cigarro o te parto la cabeza.
Me encantaba hacerla rabiar. Aunque en tono jocoso, se defendía con unas ganas que le hacían rebosar pasión por cada poro. Todo, todo, absolutamente todo, lo hacía con pasión. Por eso cuando se enfadaba conmigo sabía que le había hecho daño de verdad, y cuando me daba las gracias por la más burda nimiedad, me hacía sentir que las notaba en cada letra que pronunciaba su garganta.
- Bueno, chavalería, una que se va.
- ¿Ya?
- Sí.
- Pero, ¿a dónde?
- A abortar.
- Que te sea leve.
- Gracias.
- ¿Bajas mañana?
- Supongo.
- Joder, qué mierda, tenía la esperanza de que dijeras que no.
- Pues igual tienes suerte y no vengo, quién sabe. En fin, nos vemos, adèu.
Nunca saludaba, pero siempre se despedía. Supongo que era por si acaso no la volvíamos a ver.
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