Hay un ciclo rosa chicle rodeando un escuadrón de caballos de alquitrán. Cuando se ponen en formación consiguen crear una nube, pero desprecio las cosas que siguen un orden.
Hay dos chicos en el suelo inflándose a hostias, carezco de agua para poder separarlos, así que me lío a patadas y que gane el mejor, o el que corra más rápido.
Si hago balance empiezan a quemarme las manos y soy incapaz de alcanzar la sombra del perseguido. Tengo miedo de verle la cara, tengo miedo. Tengo miedo de no volver a verle la cara. Tengo una contraposición importante de sentimientos. Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada...
Adivino que la culpa de todo lo que pasa en el mundo es mía, y concluyo después que me importa tres cojones que le dé una embolia, o que un grupo de nazis lo pille en el Mestalla y le revienten la cabeza a palazos. O que alguna fulana le contagie la sífilis y muera tras una larga agonía habiéndose quedado ciego y sólo como un topo en un solar. O no, o le quiero mucho y le deseo lo mejor en la vida. Me da lo mismo una cosa que la otra, la verdad.
Me he apuntado al equipo de Baseball femenino. Es una amenaza.
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