viernes, 10 de agosto de 2007

Y para beber, mantequilla.

Este "adiós" no maquilla un "hasta luego",
este "nunca" no esconde un "ojalá",
esta cenizas no juegan con fuego,
este ciego no mira para atrás.

Este notario firma lo que escribo,
esta letra no la protestaré,
ahórrate el acuse de recibo,
estás vísperas son las de después.

A este ruido, tan huérfano de padre,
no voy a permitirle que taladre un corazón podrido de latir.
Este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca,
estos ojos no lloran más por ti.

Joaquín Sabina.

Cuando puse un pie en el puente de la Ría, supe que irme de Bilbao iba a ser una de las cosas más difíciles que haría en mi vida. Casas bajas de formas bucólicas, rodeadas de montañas que no me sobran, era como tener 20 años menos, o 30 quizás. Y en medio de ese descontrol de calles inconnexas que fuimos incapaces de descifrar, un pegote sin sentido como lo es el Gu... Guguenhein? y que a pesar de todo encierra un mundo de paredes oxidadas que no te dejan indiferente.

No sé, me sentía melancólicamente feliz, sabes? Y además llovía, llovía en un agosto otoñal que daba ganas de morir de triste plenitud. Todo tenía un sabor agridulce, y yo no podía hacer más que imaginarme paseando con mi abrigo en pleno mes de noviembre, cagada de frío y asqueada de soledad y, joder, me sentía tan bien... me sentía tan... yo sólo quería comprar una corona de flores para mi funeral.

"Dónde puedo pillar un cubalitro?" "el qué?" "un vaso grande de bebida" "ah, joder, hostia, un katxi, joder, sí", y no ser capaz de explicar que lo que quería era un quinto, o en qué consiste la magia del bombón del tiempo. Que me dijeran "ongi etorri" con una sonrisa de oreja oreja, y aquel bilbaíno de ojillos de niño me besase en la mano y se levantase a darme un abrazo... no sé, yo le quería, sabes? yo quería a todo el mundo y la gente era tan... era gente, gente de verdad. Cuando vi pasar al primer abuelo con txapela tuve tantas ganas de llorar... o con aquel hombre de la pensión. Vi tantos ojos azules, cabezas tan grandes, caras de "tienes toda la cara de vasco".

El hecho, quizás, de que 4 km vascos sean 14 km valencianos, dificulta la movilidad por el espacio y el tiempo, pero aún así, todo es tan perfecto que asusta. Y me sentí viva, viva como hacía tiempo que no me sentía. Viva por ser yo. Viva, no porque alguien me hiciera sentir viva, sino por mí, sin más circunstancias que un lugar geográfico. Llena, sin más. Teresa.

Y aunque compartí el viaje con dos desconocidos, y el Migue de toda la vida, con gustos que distan mucho de los míos. Aunque ayer reventé por la angustia de haber recorrido seiscientos kilómetros para nadar en la playa de la Kontxa, a pesar de todos los "pa' qué?" que me asaltaron durante la semana, sin olvidar que a penas conservo recuerdos de nada, tengo el sabor amargo en la boca que sólo te viene cuando llega la tristeza. Y eso, supongo, es bueno.

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