jueves, 2 de agosto de 2007

Número siete.

Yo no sé escribir como Tayler,
ni siquiera aspiro a intentar llegar al desgaste de las suelas de sus botas,
pero también siento a corazón a abierto,
y a corazón abierto hoy intento dejar de lado
humillaciones, rencores y rencillas
para expresar únicamente
lo bueno que quede
de la nostalgia de
lo que pudo pasar
y
nunca
pasó.
Porque aunque sea imposible cerrar los ojos
y adivinar a ciencia cierta,
bien podemos imaginar con la claridad con la que imagina el paranoico que dibuja en su cabeza la silueta de un monstruo tras las cortinas.
Y siendo así, sólo queda decir que esta noche quizás, no hubiese sido como las demás,
que no necesito besarte para sentarme encima de ti, que no es necesario mirarte con rabia para que me digas que sí, pero sí más divertido.
Puede que cada sábado me enamore de algún que otro fulano
que te supere en todos los aspectos.
Y... no sé,
no eres sirio, ni tocas la guitarra, no haces lo que te pido y necesito que me grites
porque si no lo haces, no podré dejar de pensar que quizás algún día te hubiese querido.
Porque
si no lo haces
no podré dejar de pensar.
O puede que me vuelva corrosiva y desajuste el panal de alfileres que has ido clavando en mi costurero, para dibujar otras letras que no tengan nada que ver con nada en absoluto. Y comeré yogures caducados.
Sí,
comeré
yogures ca-
ducados. Como aquella tarde en la que no me importó que fumases de menos aún siendo un atrevimiento por tu parte el hacerlo de más. Mi cosecha y la tuya eran la misma.
Yo no te lo dije, sabes?
Nunca te lo dije, pero mis amigos te conocían como el novio con el que iba al dentista. Aquel por el que me pondría una minifalda y gritaría canciones absurdas sólo para que se echase unas risas, a quien iba a besar por mucho sudor que le recorriese la boca.
Yo no te lo dije, sabes?
Por aquel entonces sabía todo el mundo menos tú que estaba buscando las llaves para abrirte la puerta. Por aquel entonces, bueno...
yo pensé que siempre me querrías como amiga.
Supongo, por hacer algo,
supongo, que no podemos caminar hacia atrás y vivir uno de esos días
en los que yo no era más que una estudiante en prácticas
y tú un desconocido con delirios de grandeza
que aspiraba,
en todos los sentidos posibles que le encuentres a esa palabra,
a respirarme en la nuca.
Ya no podemos jugar a que me dejas ganar,
ni discutir sólo para tener una excusa para tocarnos, porque ya no puedo mirarte de reojo sin que te des cuenta y pensar que lo único que quiero en el mundo es besarte los párpados.
Realmente
si esto se me hace tan difícil
es
porque llegar a casa y no encontrarte esperándome es una putada a la que no me acostumbro.
Si supiéramos contar con el factor sopresa sería justo,
tan justo cómo cruel,
decirte que tu mejor amigo no me cae del todo mal.
Pero tengo que dejar de mecerme en el sillón de tu terraza,
y abrir los ojos a una nueva realidad que difumine
sin dejar a penas rastro
la obnubilación.
Y así se acaba todo, como empezó,
a corazón abierto,
intentando decir de la forma menos agresiva posible
que a mi corazón abierto le duele en la sangre pensar
que no has sido más que otro sapo para ir haciendo tiempo.

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