lunes, 30 de julio de 2007

A cara perro.

Me gusta matar. Es un hecho. Sentir entre mis manos un frágil cuello de bebé y apretarlo hasta que exhale el último halo de vida, notando que el llanto se va transformando en el humo que se escapa de la mecha de una vela al apagarla.
Luego está la versión mejorada, en la que tienes acceso a un niño de entre cuatro y seis años, que ya tiene una mayor conciencia de lo que es el sufrimiento, y puedes ver en sus ojos miedo en estado puro, e incluso la viva imagen de la cara de su madre, mientras le miras atentamente arqueando las cejas en una expresión que sólo significa “no puedes hacer nada para evitarlo. Nada”, y sentir después como su cuerpecillo inerte se deja hacer entre tus brazos. Si tienes paciencia y te quedas contemplándolo, eres capaz de visualizar al mismísimo rigor mortis entrando por la ventana, filtrándose por cada uno de los poros de la piel de lo que ya sólo es un cadáver de mierda más.
Tampoco cabe despreciar la versión “caza de grandes mamíferos”, pero para esto es necesario contar con armas porque, seamos realistas, en un cuerpo a cuerpo lo más probable es que sea yo quien salga perdiendo. Pero en fin, con el tiempo te das cuenta de que el mundo juega sucio, y de que tú no tienes por qué ser menos, así que tan sólo tienes que hacerte con un par de cadenas y un arma blanca. Algo tan fácil de conseguir a día de hoy como que se giren a mirarte si gritas. Y llega el momento de elegir a tu víctima. Tienes que saber discernir entre matar por amor al arte, o por rencor. Yo hoy lo hago por rencor, porque puedo, y porque me sobran los motivos. Entonces le ves venir de lejos, sonríes, saludas, y mantienes una actitud completamente normal hasta que llega el momento oportuno para darle un golpe certero en la región occipital de su cabeza y empezar con el juego. Sí, en este caso la obsesión traspasa la frontera del simple placer de acabar con una vida humana y se transforma en un juego que puedes alargar tantas horas como habilidades tengas. Las formas de proceder son distintas dependiendo de la persona y el lugar en el que te encuentres, pero como desenlace yo sólo contemplo dos posibilidades: la primera es sencilla, y menos dolorosa para el otro, pero tiene un gran impacto visual. Consiste en dar un corte rápido en la yugular, y dejar a la víctima en el suelo mientras se desangra. Cuando hago esto siempre recuerdo una canción que reza “si la muerte te encontrase lucharía por ti, con tu sangre mi cara pintaría, como un lobo aullaría. Pris, no llores más, que yo recordaré tu nombre”. A mí me gusta mojar las manos en el charco de sangre que se va formando alrededor del inútil rastrojo al que le acabo de rajar el cuello, me resulta cómico jugar con sus fluidos vitales mientras me mira sin poder moverse porque su cuerpo se encuentra cada vez más adormecido, y terminar la faena besándole en la boca cuando aún es capaz de articular las palabras “hija de puta”.
El segundo método sólo lo he puesto en práctica dos veces, porque es menos elegante y yo, ante todo, soy una dama. Para mí es muy importante aplicarlo en personas ególatras y narcisistas, ya que el ritual cobra un sentido especial en ese aspecto. Sólo has de sentarte a horcajadas sobre el individuo en cuestión, y empezar a practicar cortes de distintas profundidades alrededor del ombligo. Una vez trazado el patrón, clavas y abres, clavas y abres, hasta que te quepa la mano por una de las aberturas y puedas sentir el tacto de los órganos y vísceras que te queden al alcance. Si la persona aún sigue consciente, se hace más divertido todo si eres capaz de decirle sin descojonarte “a ver si adivinas qué te estoy tocando ahora...”
En cualquier caso, a lo que realmente aspiro es a conseguir un arma de fuego, poner el cañon frío sobre la frente sudorosa de algún infeliz, y disparar sin más explicaciones entre y ceja y ceja, a una distancia lo suficientemente corta como para que la sangre me dé en la cara y cierre los ojos en un acto reflejo por el salpicón. Sé que esto último es demasiado burdo, pero la idea de una bala atravesando un cráneo me pone de un buen humor excesivo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

impreso ya, leído y re-leído...me planta su firma en el relato?
lo mejor que ha escrito..!!