Al fin y al cabo, el sexo es mitad besos y caricias, mitad hostia limpia y puñetazos, ¿no? Que te limpien a lametazos la sangre que resbala por la comisura izquierda de tu boca no debe estar tan mal.
Es cuando me suda el hueco poplíteo el momento más tenso del día. Hace cuatro años todo esto hubiera estado muy bien, pero por desgracia a día de hoy tengo las cosas claras, al menos en ese aspecto. No es lo mismo jugar con una Barriguitas que con la Rosaura, y yo insisto en que prosigas en tu búsqueda de la normalidad para satisfacer tus deseos y sentirte agusto contigo mismo. Porque una vez lo consigas, podrás decir que lo tienes todo, excepto a mí, claro, pero eso realmente te importa poco. Y a mí, poco a poco, me va importando menos.
Yo no digo que me haya vuelto un ser antisocial y retraido incapaz de mantener relaciones personales por mierdo a la destrucción parcial o total de gran parte de mis neuronas y mi dignidad como individua. Yo no digo que reniegue del ser humano porque cada día tenga más claro que por un lado o por otro, todo acaba reventando de la misma manera pútrida y sucia. Ni tampoco digo que jamás volveré a acercarme a nadie que despierte en mí un mínimo interés porque me da pavor que tarde o temprano llegue ese día que siempre llega, en el que se activa un gen recesivo que repele el agua necesaria para dar un último y necesario hervor. Yo no digo que con el paso del tiempo le haya cogido fobia a los hombres, sólo digo que algo está pasando si me corro y me alegro luego de estar sola.
Hace cuatro años todo esto me hubiera matado por dentro, y me hubiera limitado a quedarme rígida, pero a día de hoy soy consciente de que Nick Carter no era un ser humano, sino una seta alucinógena.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario