Es como un cuerpo de mujer. Una maquinaria adaptable, un almohadón de plumas de oca forrado de terciopelo y piel. Es gelatina de fresa, o un antiestrés para morder.
El cielo delineado, el marco del universo, el telón de la última función. El paraíso de cuando debió existir el paraíso, el principio de todo, y también el final.
Es un paisaje en dos fases, encontrado en la primera un valle, una montaña y después otro valle, y en la voluptuosidad de la segunda las amapolas me llegan hasta las rodillas.
Es el preámbulo de un lago, del marfil más codiciado. Esconde rectitud y deseo marcando diferencias. Es un modelo a seguir. La perfección extrapolada, el efecto del speed en la pupila. Es calor.
Es cobijo, el sabor de la primera calada del primer porro del fin de semana. Es como verse guapa en el espejo, como un escalofrío. Es bailar ska con los amigos, es chocolate pa’ comer, y el mareo del alcohol al levantarte.
Es la esponjosidad de las nubes, lo rojo de la sangre, la sensación de unas sábanas limpias, o la parte agradable del bajón del yonky atormentado. Es que te salgan las cosas a la primera, o el fin de la frustración de un intento frustrado. Es saber a ciencia cierta, estar segura, beber zumo de naranja cuando estás enferma, es el cigarro y el café.
Es la marca de una lágrima morfológicamente perfecta, un rincón con sol en invierno, el placer de hablar mal sabiendo que lo estás haciendo, una violación consentida, una coca-cola de resaca. El recuerdo de la noche anterior, una hostia a medias, como rascarse la espalda.
Es la fuerza de la corriente de un río de agua fría que en el fondo oculta rocas afiladas, es el nervio de la boca del estómago, es la sensación de que es demasiado tarde para dar marcha atrás y salir corriendo. Es un látigo de siete puntas. Es tu boca.
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1 comentario:
NO ES NADA DE TU CUERPO
No es nada de tu cuerpo
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca -tu boca
que es igual que tu sexo-,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada -¿qué es una mirada?-
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un grano, ni un momento.
Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
(Jaime Sabines)
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