Mientras dormía no tenía dientes, y cuando desperté rompí un espejo. Tú cenaste en casa de tu hermana, como cada viernes. Yo me abstraí bebiendo, como cada viernes. Supongo que ya nunca podré ir a cenar a casa de tu hermana, así que seguiré bebiendo.
¿Qué haces esta noche? ¿Has borrado de tu brazo el tatuaje con mi nombre? Debí hacértelo en el húmero, ¿sabes dónde está? Ya no te puedo esperar más, seguiremos adelante. Hubo un tiempo en el que sólo me maquillaba para ti, ahora ni siquiera tiene sentido lavarme la cara. ¿Dónde vas? ¿Volverás? dime que me llevarás...
Contarte mi vida personal es más fácil si empezamos a besarnos. Tú te ponías tan nervioso al hablar, y a mí me gustaba cogerte por el brazo. Fuimos suavidad. Hoy no llegamos ni a cenizas. Te hubiese tendido mi mano para convertirme en lo mejor de tu vida, te hubiese dado todo a cambio de un par de sonrisas. Y me hubiese conformado con vivir empujándote para que salieras por la puerta. Por ti dejo el alcohol, o me lo bebo a escondidas.
Ya no hay nada más que contar acerca de nuestra historia, fuiste un novio de hospital, y no sé qué serás ahora. Lloraré tu muerte hasta el quince de junio.
Ahora voy a maquillarme por última vez, por los momentos en los que hacerlo tenía algún sentido. Por los días en que levantarse a las seis y media de la mañana me curaban el alma.
Ahora voy a decirte algo muy bajito... nunca te quise.
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1 comentario:
Las buenas noticias se dan en voz baja
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