domingo, 18 de febrero de 2007

Menos mal que nos queda Portugal.

Aprovechando que hay fuerzas externas que me obligan a permanecer atrapada en mi habitación, voy a dar un paseo mental por los derroteros de mi apollardada imaginación, despacito, como a sorbos, para no cansarme.

Nos consume saber que malgastamos el tiempo limitándonos a ocupar un lugar en el espacio, cansados ya de buscar algo que dé lugar a una emoción. Los 20 han acabado con nosotros, nos tapamos con una manta hasta los ojos por si en un acto reflejo decidimos esconder al completo la cabeza. Y lo peor de todo, es que nos empieza a dar igual.

Que no seríamos la generación que arreglaría el mundo lo supimos cuando las letras de Boikot dejaron de tener sentido. Cada vez hay que contraer el esfínter con menos fuerza para no cagarnos en todo lo demás. Y así nos va, pero sobrevivimos, sin tener demasiado claro si eso es bueno o malo.

Sin mucho más que decir, voy a ir reptando hasta el cuarto de baño para evitar ser vista. Y en un intento desesperado por sentir, al menos, algo, me meteré en la taza y tiraré de la cadena, a ver si en el descenso cual mierda por las cañerías tengo la puta suerte de encontrar mi impresionabilidad perdida.

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